Daniel García Marco - Agencia DPA

Es de mal invitado poner en aprietos al anfitrión. El papa Francisco satisfizo aparentemente a todo el espectro político de Estados Unidos con un crítico discurso de 50 minutos en el que hubo referencias aprovechables para todos.

En una ciudad permanentemente dividida como Washington, el Papa obró el milagro: demócratas y republicanos coincidieron en elogiar al pontífice, pese a no estar de acuerdo con él en todo. Francisco trató muchos temas, pero casi todos sin nombrarlos, como el matrimonio homosexual, asunto en el que pese a la tolerancia mostrada hace mantiene la doctrina social de la iglesia, abrazada también por los republicanos. Si temas como el aborto o el matrimonio homosexual lo acercan más a los republicanos, sus apelaciones a la apertura a la inmigración latina y su preocupación por el cambio climático lo situaron de nuevo más próximo a los demócratas. Más de 500 congresistas escucharon atentos -algunos con lágrimas- los 50 minutos de discurso, en el que unos y otros encontraron motivos de aplauso para interrumpirlo. El momento que, sin embargo, unió sin fisuras a unos y a otros fue cuando el Papa agradeció estar en “la tierra de los libres y en la patria de los valientes”, como dice el himno de Estados Unidos. Se comportó más como un padre que regaña a sus niños y sólo elevó el tono y fue más firme para defender la inmigración y condenar el tráfico de armas. Y cuando criticó “ser esclavo de las finanzas” en el centro de un país que lleva el capitalismo en su ADN.